martes, 25 de noviembre de 2008

Don Mario, el primer tenor lírico de Panamá


Rainer Tuñón Cantillo

Cuando Luciano Pavarotti estuvo en Panamá hace algunos años, los críticos y entendidos dijeron que Mario Gutiérrez era un tenor lírico por antonomasia, y les llamaba la atención su capacidad de cambio en el timbre de voz, de la misma manera que su canto expresivo.

Cuando en Panamá el "bel canto" era aplaudido por multitudes, y sus talentos locales considerados como verdaderos ídolos que viajaban por todo el país para mostrar la belleza de la música erudita, a Mario Gutiérrez se le conocía como el “primer tenor lírico de Panamá”, y su don era venerado por generaciones que seguían su trayectoria artística con alegría, tanto en la década de los cincuenta como en los años 60's.

De don Mario decían por ejemplo que: "su emotiva voz lírica había nacido con las dotes del canto que el creador le concedió".

Desde muy joven, Mario Gutiérrez inició sus estudios de canto con el maestro Raúl Del Valle, aquel bajo profundo que le enseñara los secretos de la vieja escuela, extraordinariamente aplicados para las generaciones que esperaban excelencia en cada presentación de bel canto.

Su técnica de impostación fue también aplaudida, la cual pudo pulir con esmero en el Conservatorio Nacional de Música y Declamación de Panamá.

Don Mario tuvo como pilares de su técnica las enseñanzas de Hans Janowitz, Humberto Vaccaro, Herbert de Castro, Emilio Cadet, Arturo Merel Murt, Manuel Fuster o Lilia Sossa, maestros que recordaba con entusiasmo cuando dedicaba horas a la docencia de la música, en el otoño de su carrera musical.

El ser merecedor del segundo premio en el Concurso Gran Caruso le abrió muchas puertas en la escena musical panameña. Mario Gutiérrez cantaba en Misas de Gloria, de Réquiem, en matrimonios, recepciones, graduaciones y presentaciones especiales en todo el país.

Del concurso Gran Caruso se recuerda que la calidad interpretativa de Mario Gutiérrez ocupó una destacada prominencia en competencia con grandes cantantes centroamericanos y nacionales.

Además, Don Mario participó como solista en las eliminatorias de la Sinfónica Nacional y fue una de las estrellas más conocidas en su momento cuando se realizaban conciertos de la temporada de verano en el Estadio Nacional.

Las texturas de Carmen y Fausto, interpretaciones de Die Meistersinger, Pieta Signori, fragmentos de Manon Lescaut de Massenet, La Arlesiana de Bizet o canciones como A Granada, Mírame Así, de Sánchez Fuentes o Lejos de ti, de Ponce, fueron parte del repertorio que Don Mario ofrecía en distintos puntos de la capital y el interior del país.

Mario Gutiérrez tenía la cadencia y espontaneidad de los mejores cantantes.

Su voz siempre era una reminiscencia a lo mejor que se pudo escuchar en Milán o Nueva York, pues poseía una de las voces más bellas de la música erudita en Panamá.

Lamentabemente, Don Mario falleció a los 81 años de edad, sin embargo queda en su familia un legado que supera tiempo y generaciones. Sus hijos: Mario Gutiérrez, destacado músico radicado en Italia; Raisa Gutiérrez, primera bailarina del Ballet de Panamá; Eric Gutiérrez, geólogo de profesión y guitarrista de corazón; Franz Gutiérrez, creativo y polifacético (si recuerdan sus aportes en la historia del entretnimiento como Tortón y su magia como gran rockero y jazzista); Galo Gutiérrez, otro músico que se destaca en Estados Unidos, Daisy Gutiérrez, Hugo y Jorge Gutiérrez, sí como sus talentosos nietos Franscesca Gutiérrez (actriz, cantante y comunicadora social); Alexa Gutiérrez, primera solista del Ballet Nacional que triunfa, tanto en Panamá como en Chicago, y el periodista Jorge Gutiérrez, afianzan la huella del “primer tenor lírico de Panamá”.

¿SE ACUERDAN DE LA MUJER DE MACARIO?


Rainer Tuñón Cantillo


Le preguntaba a mi abuela sobre Pina Pellicer.


- ¿No era ella una muchacha que trabajó con Macario...? Sí, este Ignacio López Tarso... Salió en estos días en televisión, en uno de esos canales mexicanos de cable, ya viejo, no tan guapo como lo era en mis tiempos...


- Así se llamaba la muchacha. Muy, pero muy bonita, pero murió chiquilla. No recuerdo mucho, ella no llegaba ni a los treinta. Fui a verla al cine Cecilia cuando pasaron “Macario”, y muchos años más tarde volvieron a pasar esa película en Inmortales de Cine de Canal 13, creo... Ela era muy bonita... – comentaba.


Pina Pellicer brilló junto a Marlon Brando; sin embargo su estrella se apagó el 4 de diciembre de 1964. De lo poco que podía recordar mi abuela durante la conversación: su nombre y su indiscutible belleza.


Pocas personas se acuerdan de Josefina Yolanda Pellicer López de Llergo, una gran actriz mexicana que nació el 3 de abril de 1934 y dio muy buenos pasos en Hollywood en los años sesenta. Algunas generaciones, que recuerdan con nostalgia los grandes títulos del cine mexicano, saben de Pina Pellicer, Miroslava y por supuesto... de la mismísima María Félix.


De su presentación en el cine se tiene el registro de Macario, aquella joya nominada al Óscar como mejor filme de habla no inglesa el año en que El apartamento de Billy Wilder fue el mejor filme. Macario fue derrotada en aquel tiempo por The Virgin Spring de Ingmar Bergman en el año de Sicosis (Alfred Hitchcock), Espartaco (Stanley Kubrick) y El Álamo de John Wayne.


Macario, ese gran referente del cine mexicano, obtuvo premios en Valladolid, Boston, India, Italia, Vancouver, Edimburgo y Cannes en el rubro de cinematografía. Asimismo, su protagonista masculino recibió honores en San Francisco, Boston y fue el actor del momento en México, en donde recibió reconocimientos de la Asociación Mexicana de Periodistas Cinematográficos.

Lo que mi abuela recordaba de Macario era un gran película que trataba sobre “un leñador pobre con cinco hijos viviendo plena hambruna”.


En el filme, a escondidas, Macario logra comerse un guajolote que su mujer (Pina Pellicer) había robado para él de la casa de su jefa. Macario se niega a compartir el ave con Dios y con el Diablo; sin embargo, a la Muerte le pasa la mitad del platillo y ella a cambio le regala un don, el de curar.

– Macario... tendrás el don de curar a la gente con esa agua que te he obsequiado. Sólo hay dos cosas que debes saber: si estoy a los pies de los moribundos, podrás curarlos y si estoy a su cabeza, me pertenecen y no podrás hacer nada – decía la muerte en el filme.

Mientras gozaba de riqueza y fama gracias a su don, la inquisición lo apresa y condena a la hoguera, pero lograría su salvación sólo si curaba al hijo del Virrey.
Al final, el cadáver de Macario es encontrado por su esposa y, junto al cuerpo sin vida del pobre leñador, estaba la mitad del guajolote ya devorado.

Para algunos, la mancuerna entre B. Traven, autor del relato, y Emilio Carballido, el guionista de Gavaldón, marcó un hito en el cine mexicano, pues se trata de un clásico del género fantástico que acariciaba el legendario cine de terror.

En ese filme se destacaba Pina Pellicer como la esposa, la mujer que dedica su vida a lavar ropa para otros y alimentar las bocas hambrientas de sus seres queridos, comida que nunca alcanza, razón por la cual el protagonista maldice a su familia diciendo que su más grande deseo era comer carne “hasta hartarse”.

Pina, con extraordinaria disciplina en la actuación y un registro dramático que evocaba la escuela protagónica europea, logró caracterizar a esa angustiada mujer que salía a trabajar y se roba un pavo de la casa donde trabaja, para complacer al hombre de la casa.


Pese a ser Macario (1959) la presentación en cine de esta bella mexicana, antes de dicha cinta, Marlon Brando, en su debut como director, la descubrió en 1958 entre una decena de jóvenes actrices mexicanas y la llevó a Hollywood para estelarizar El rostro impenetrable, basada en la novela de Charles Neider.

Debido a problemas en el montaje, el filme fue estrenado hasta 1961 y resultó el gran ganador del Festival de cine de San Sebastián, convirtiendo a Pina en la mujer del momento y a Brando en un director primerizo, pero de muy grueso calibre.


Cuenta el escritor Reynol Pérez V., sobre la historia de la producción de El rostro impenetrable que: “a través de un agente, Pina hizo “casting” en México y entre un grupo de actrices -entre ellas la misma Pilar Pellicer, un año mayor que su hermana Pina - la escogieron a ella para el papel de Louisa.


Por la inexperiencia de Brando el rodaje duró 6 meses en lugar de 6 semanas (de octubre de 1958 a abril de 1959). Pina regresó a México en esas fechas y en junio de 1959 empezó a rodar Macario que se estrenó un año después. El rostro, por la inexperiencia en montaje de Brando, se estrenaría casi un año más tarde. De ese modo quedó oficialmente como el debut de Pina”.


Al relativo éxito de El rostro impenetrable (cuestionada en aquel entonces por tratarse, según la crítica especializada, como el resultado de la egolatría de Brando) le siguieron participaciones en La hora de Alfred Hitchcock y en la popular teleserie El Fugitivo. Mientras, el cine mexicano deseaba todo su talento.


Durante su corta, pero lucida carrera, Pina trabajó para Rafael Gil en Rogelia y posteriormente regresó con Gavaldón y López Tarso en Días de Otoño. Su última aparición en el cine fue El pecador, de Rafael Baldeón; pero hacia diciembre de 1964, lamentablemente, su estrella dejaba de brillar.


Si en su momento las generaciones de cinéfilos recordaron con harto placer aquel romance entre Rio y Louisa (Brando y Pellicer respectivamente), que se sostenía por un sentimiento de venganza que terminaba en amor verdadero, o vibraron con aquella sencilla, pero muy disciplinada caracterización de la mujer de Macario, a los nuevos amantes del cine les toca hurgar un poco más en el pasado y reconocer la belleza y talento de Pina Pellicer, una gran actriz mexicana que en los años de racismo e intolerancia cultural hacia los latinoamericanos abrió, junto con otros grandes latinos, las puertas del éxito hacia Hollywood.

Lorca: Pasión por el séptimo arte


Rainer Tuñón Cantillo


Federico García Lorca: más vigente que nunca. Dialoga entre propios y extraños sobre su obra, y para roedores de vídeos y películas en DVD, su paso por el cine ha alcanzado tierra fértil en varios continentes, conquistando a irremediables creyentes.


Estos peregrinos digitales buscan pistas de Emilio Amero, pintor y director de cine. A finales de los años veinte, intentó hacer una película del guión de Lorca “Viaje a la luna en Nueva York”, pero a pesar de este primer referente, queda en la mente y en el recuerdo el hecho de que al poeta le han llevado al cine sus obras más famosas en los últimos setenta años.


Nuestro punto inicial data de 1937, cuando Justo Labal filma una sesión de poemas recitados por Miguel Gómez. Estos versos provenían de “La casada infiel” y “Prendimiento de Antoñito el Camborio” y el trabajo duraba apenas 11 minutos.


Sin embargo, si decimos Lorca, los títulos que más rápido nos llegan a la mente son definitivamente la miniserie de Juan Antonio Bardem, “Lorca, la muerte de un poeta”, con la participación del actor inglés Nicolas Grace, en donde se narraban claros y oscuros pasajes de su vida que en aquel entonces, en 1987, nos eran desconocidos, pues de él conocíamos algunas obras de teatro o preciosos poemarios; “Bodas de Sangre”, que hizo Carlos Saura en 1981 con Antonio Gades y Cristina Hoyos, es parte de la trilogía flamenca que completan “Carmen” y “El amor brujo”; la versión de “Yerma”, que interpretó Aitana Sánchez Gijón; aquella obra de Saura titulada “Buñuel y la mesa del rey Salomón”, en la cual Adriá Collado hacía de Lorca; o la película gringa independiente “La desaparición de García Lorca”, con Esaí Morales, Edward James Olmos y Andy García vistiendo del poeta. Pero si excavamos más profundo y por más tesoros relacionados con Lorca y el cine, tal vez nos encontremos con un corto de Iñaki Elizalde llamado “Lorca”, que tiene como protagonista a Miguel Bosé.

En buscadores de Internet, Federico García Lorca aparece con insuperables créditos de guionista o escritor, toda vez que sus obras han sido llevadas al celuloide en medio centenar de ocasiones desde 1937 hasta el año 2003, siendo parte de producciones gringas, italianas, rusas, danesas, alemanas, belgas, argentinas, mexicanas y por supuesto españolas.

Veamos, por ejemplo, 1938 y la versión de cine de “Bodas de Sangre”, dirigida por Edmundo Guibourg, con Margarita Xirgú y Pedro López Lagar. Pasaron 18 años y el cine ruso tomó “Eto nachinalos tak”, otra obra de García Lorca, esta vez bajo la dirección de Lev Kulidzhanov y Jacob Zegel.


También, alemanes y estadounidenses hicieron sus versiones de La Casa de Bernarda Alba para la televisión, entrando en la década de los sesenta; mientras que los yugoslavos prefirieron a Yerma para su versión en televisión de las obras de Lorca.


Nozze di sangue, de Vittorio Cottafavi, fue la oportunidad italiana de estar en el terreno de Lorca en 1963, sin embargo los suecos llevaron a la televisión en 1965 su versión de Bodas de sangre.
Mariana Pineda tuvo su versión alemana también en 1965 y Doña Rosita la soltera tuvo su vuelta en España y Alemania.

Otros realizadores han optado por los cortometrajes destacando la dinámica de recitar versos lorquianos, siendo el caso del coro de Eugenio Peña “Zorongo”, filmado el 1969.

Los años setenta trajeron una revisión mundial de los genios literarios y un ejemplo valioso lo aportaron los ingleses con “La obra del día”, en la cual incluyeron a La casa de Bernarda Alba entre una de las piezas que realizaron para la televisión.

Además, los mexicanos hicieron su versión de esta genial obra de Lorca. En esta ocasión la dirigía Gustavo Alatriste y su musa era Amparo Ribelles. Por su lado, artistas como Adam Cohen, extraían versos de poemas como “Navidad en el Hudson” (“…¡Esa esponja gris! Ese marinero recién degollado. Ese río grande…”) para crear el documental “Blind Grace”.

Algunos recuerdan el documental realizado en 1994 “La Barraca: Lorca sobre los caminos de

España” de Edgardo Cozarinski; otros prefieren quedarse con la versión cinematográfica de La zapatera prodigiosa, de Luis Olmos, con Natalia Dicenta, una actriz apasionada del jazz a quien hemos visto en el thriller “Entre las piernas” o en el filme de John Malkovich “Pasos de Baile”, compartiendo elenco nuevamente con Javier Bardem.

En tanto, hacia 1999 se hizo un filme titulado “Lorca, Santiago y seis poemas gallegos”, en el cual actores de la talla de Juan Diego (“Los santos inocentes” y “Jamón, Jamón”) y Francisco Rabal (“Nazarín” y “Viridiana”) “lorqueaban” apasionadamente.

Por el momento, una reinvención de la obra de Lorca, “Los abajo firmantes”, se apuntaba fanáticos en el 2003, pues el elenco compuesto por Javier Cámara (“Hable con ella”) y Juan Diego Botto (Martín Hache) replanteaba sus versos y los transportaba con inmensas reflexiones hacia la guerra en el golfo. De hecho, este trabajo obtuvo reconocimientos en los festivales de San Sebastián y Bruselas.

¿Y qué esperar de Lorca en séptimo arte? Mucho más.

LA EXTRAÑA FRUTA DE PANAMÁ


Rainer Tuñón Cantillo


Revisaba algunos nombres importantes en la música junto con Willard Jenkings y Bob Blumenthal, ambos periodistas e historiadores del jazz. Ellos me comentaban, durante una amena conversación, que el piano que ponía el agrio y profundo sabor de la “Fruta Amarga” que inmortalizara a Billie Holiday desde 1939, era el aporte de un músico nacido el 11 de noviembre de 1917 en la ciudad de Panamá.



Interesante dato, pues quiere decir entonces que para el 11 de noviembre de este año se conmemorarían 90 años del nacimiento de este pianista nacido en Panamá que se destacó en las orquestas de Benny Carter y Roy Eldrige, tocó junto a Miles Davis y acompañó a “Lady Day” en una de las piezas más representativas del movimiento reivindicativo afroamericano de los Estados Unidos.


Por el momento, hemos tenido acceso a poca información que nos acerque biográficamente a Ellerton Oswald, a quien se le conociera posteriormente en la escena musical como Sonny White. Aún no sabemos, por ejemplo, en qué barrio nació o si conservó familiares en Panamá; sin embargo, sólo el hecho de ser reconocido como un panameño ante los historiadores del Jazz, nos hace pensar que la hipótesis de que Panamá ha sido la tierra que más ha exportado “jazzistas” hacia los Estados Unidos, cada vez más se acerca a la impresionante sustentación con pruebas que la validen.


Por cierto, esta hipótesis no es descabellada... para nada, si recordamos nombres como el de Luis Russell, Víctor Boa, Mauricio Smith, Violeta Green, Vitín Paz, Bárbara Wilson o Billy Cobham y los encontramos con Alex Blake, Jorge Sylvestre, Santi Di Briano, Carlos Garnett y Danilo Pérez.
Un artículo que escribiera Eugene Chadbourne para All Music Guide, nos lleva hacia Sonny White, una interesante figura musical que a mitad de los años treinta ya se encontraba colaborando con gente de peso como Jesse Stone.


Comenta Chadbourne que White permaneció tocando piano hasta sus últimos días aportando frescura y estilo tanto a las nuevas generaciones como a los veteranos del ambiente.


“Él tocó y grabó con Willie Bryant, Sidney Bechet, Teddy Hill y Frankie Newton” a finales de los treintas, pero fue su sesión de grabación con la suprema vocalista del jazz, Billie Holiday, lo que dio forma a su más duradero legado desde ese periodo”, explica el autor del artículo.


Extraña fruta


La misma Billie Holiday recuerda a Sonny White en su libro autobiográfico, Lady Sing the Blues al compartir con los lectores, sobre sus vivencias tras la producción del clásico “Strange Fruit", que: “El germen de la canción estaba en un poema escrito por Lewis Allen. Primero lo conocí en el Café Society. Cuando él me mostró que el poema, me metí de inmediato y él lo sugirió a Sonny White, quien ha sido mi acompañante, y lo convirtió en música. Así que los tres nos reunimos e hicimos el trabajo en cerca de tres semanas. También conseguí una ayuda maravillosa de Danny Mendelsohn, otro escritor que había hecho arreglos para mí. Él me ayudó con el arreglo de la canción y el ensayo paciente. Trabajé como el diablo en ella...”


Cuando llegaba el tiempo de madurar la Extraña Fruta, Holiday trabajaba con Columbia Records. A Billie, “Strange Fruit", le recordaba la muerte de su padre. Billie entonces llevó la grabación a Columbia, pero se la rechazaron y un sello disquero llamado Commodore finalmente le grabó el tema.


La canción tuvo su origen en el linchamiento de los afroamericanos Thomas Shipp y Abram Smith, y luego convertido en un poema de Abel Meeropol, un profesor judío residente en el Bronx que utilizó el seudónimo de Lewis Allen.


El texto del poema era sencillo e impactante y cada audiencia lo clamaba.


Estos versos eran eventualmente escuchados en el Café Society, un club nocturno de Greenwich Village. Casualmente el dueño del café le enseñó a Billie el poema y el resto es historia.
Y ¿quiénes – además de Billie Holiday - han cantado esta canción? Josh White, Carmen McRae, Nina Simone y recientemente Nnenna Freelon en su disco Blueprints of a Lady.



“Fruta extraña” llegó a la posición No. 16 en las listas de popularidad en julio de 1939 y fue enunciado como propaganda musical de grupos de defensa los afroamericanos por la revista Time.


De esa famosa canción se alaba el estilo cínico y oscuro en la interpretación tanto del piano de Sonny White como la dulce crudeza de la caracterización de Billie.


Sonny White, hasta el final



Hacia la década siguiente, White se mantuvo activo entre los músicos del momento, incluyendo a Artie Shaw y a Benny Carter. También, después de la Segunda Guerra Mundial White exploró los caminos del Rhythm & Blues y la música popular de aquellos tiempos.


En su corta biografía se menciona además que Ellerton Oswald apareció junto a Big Joe Turner, uno de los precursores del Rock & Roll; la discípula de Billie, Lena Horne, y el popular Dexter Gordon.


De las influencias musicales de White citan a Fletcher Henderson y Duke Ellington; así como sus colaboraciones con el guitarrista Lawrence Lucie, el baterista Big Sid Cattlet (comparado por su destreza con Jo Jones y Gene Krupa) y Roy Eldridge, uno de los mejores trompetistas de todos los tiempos.


De lo poco que sabemos de Sonny White, podemos agregar que el 28 de abril de 1971 falleció en la ciudad de Nueva York, habiendo trabajado en esos días con Wilbur DeParis, Eddie Barefield y el trompetista Jonah Jones.


En fin, otra extraña fruta panameña abriendo caminos en el jazz.

El Cantante


Rainer Tuñón Cantillo


Uno de los momentos más sublimes de El cantante, filme biográfico del cubano León Ichaso sobre la vida de un verdadero tesoro musical, Héctor Lavoe: el lente que lo descubre y desnuda, taciturno, apesadumbrado y lleno de miedos e incertidumbre mirando desde una silla a un paladín del verso, que con sombrero, guitarra en mano, silla y entusiasta ternura vocal dedica la canción que lleva por título precisamente esta producción de "JLo".


La versión acústica de esta excepcional obra de Rubén Blades es interpretada con mucho respeto por el sonero Víctor Mannuelle (interpretando al ministro de turismo en sus días de salsero), haciendo honor a un tema fundamental en la trayectoria de estos dos genios musicales.

Uno de los momentos más ridículos de El cantante, basada en las experiencias de "Puchi", la esposa de Héctor, interpretada con madurez televisiva de predecible rango dramático por la reina del salsero Marc Anthony, esa impecable voz de Lavoe para esta cinta: el resumen de todas las veces en que la actriz, diva y productora intenta darle ritmo, tono y sazón a este ambicioso proyecto que de comienzo a fin promete más de lo que cumple (cualquiera analogía al terreno político es mero producto de la circunstancia).
La versión cinematográfica sobre la vida y muerte de "El cantante de los cantantes" es una clara reflexión sobre la importancia de crear productos genuinos e históricamente objetivos que hagan la diferencia y dejen un contexto real de lo que representan los iconos musicales en la cultura de los pueblos.

Podemos tomar como referentes inmediatos los extraordinarios esfuerzos de Milos Forman con la biografía de Wolfgang Amadeus Mozart; el de Taylor Hackford con el estupendo relato de la vida de Ray Charles; la interesante propuesta escénica de Irvin Winkler con De-lovely sobre Cole Porter; las versiones de Frida que dirigieron tanto Julie Taymor como Paul Leduc; la cubana El Benny de Jorge Luis Sánchez; la exactitud narrativa de Clint Eastwood cuando recreó el tormento de Charlie Parker, la honestidad detrás de la relación entre Johnny Cash y June Carter en el filme de James Mangold, o la brillante personificación de Edith Piaf que dirige Oliver Dahan.

El común denominador de estos proyectos se relaciona con la exposición de hitos en la vida de estos personajes que permiten al espectador ver más allá de lo obvio y entender con qué atacan a sus demonios.

En el caso que nos ocupa, tanto el guión de León Ichaso, Todd Bello y David Darmstaeder como

la dirección del peruano, quien ha tenido experiencias fatales (Ali: An American Hero, Hendrix, Azúcar Amarga) y algunas buenas aportaciones al género como El Súper y Piñero, pierden el enfoque y tratan el filme como una bio más de un salsero a quien las drogas lo llevan por el carrito de la perdición, y en el camino, se olvidan que en realidad hay muchas historias qué contar sobre la realidad cultural de los años setenta en el ambiente latino, la influencia real de la salsa en el panorama social y la senda destructiva del protagonista.

La edición del filme tampoco ayuda a crear la atmósfera dramática que marcara el ritmo en esta historia. Ciertamente, tiene momentos extraordinarios y definitivamente los aporta la puesta en escena de cada número musical y las imágenes en exteriores tanto de Nueva York como de Puerto Rico, pero inmediatamente se tambalean ante el intento de contar la vida del hombre desde la mirada de su mujer sin meterse en la piel de ambos.

De sus actores principales, los únicos que pasan la prueba son John Ortiz (Gángster americano de Ridley Scott y Miami Vice de Michael Mann) interpretando a Willie Colón, aportando seriedad y carácter al revolucionario de la música latina y el propio Marc Anthony, quien no despega al darle la aproximación sarcástica y genial del atormentado ídolo, pero llega a la cima una vez toma el micrófono y canta.

Si bien la experiencia de Anthony en el cine es limitada, pero atrevida y puntual (desde Big Night de Stanley Tucci y Campbell Scott, Vidas al límite de Martin Scorsese, Hombre en llamas, de Tony Scott y En el tiempo de las mariposas con Salma Hayek hasta El sustituto con Tom Berenger y Hackers con Angelina Jolie), su primer protagónico es injusto, aunque gracias a su gran talento en el canto, tapa baches que saltan a la vista con facilidad.

Al final, lo que queda al final es un producto irregular con buenas intenciones, dotado de una banda sonora ejemplar. El cantante nunca logra estar en la cima narrativa y estará destinada a desplazarse entre los productos genéricos de las películas hechas para televisión sobre cantantes a quien la droga los acaba, sin más ni más.

Para los fanáticos de Héctor habrá opiniones encontradas al alquilar la película o ver la versión pirata que nos ronda inmisericorde por ahí, pues su estreno en las salas panameñas está cerca del olvido. En tanto, para quienes deseamos que el cine dé lo mejor de sí para narrar lo sucedido con nuestros héroes a través del cine norteamericano que globaliza el mensaje, valdría la pena seguir buscando en la raíz y desarrollar proyectos consistentes sobre "La Lupe", la mismísima Fania en su ascenso, gloria y caída, "Tito Puente", "Ismael Rivera", "Roberto Durán", "Vanessa del Río", "Rubén Blades", "Willie Colón", "Richie Ray y Bobby Cruz", y tantos más que como a Héctor Lavoe adoramos de corazón.

El Monstruo Leñador, asesino de sicópatas

Rainer Tuñón C. La navegación sin rumbo fijo entre títulos del catálogo de Netflix nos lleva a encontrarnos con inusitadas curiosidades. Apa...