lunes, 26 de marzo de 2012

Dioses iracundos

Rainer Tuñón C.
Con una recaudación estelar de más de 450 millones de dólares en todo el mundo, una lluvia de críticas por lo poco profundo del relato, amén de actuaciones poco atractivas para algunos comentaristas especializados de cine y un fuerte cuestionamiento sobre el uso de la tecnología 3-D, que hizo que hasta James Cameron, creador de Avatar, la pusiera como ejemplo de lo que no se debería hacer cuando se filma en 2-D y se cambia de formato sólo por estar a la moda, regresa con mejores intenciones la saga mitológica sobre las aventuras de Perseo, esta vez titulada Furia de Titanes 2.

En esta secuela, han transcurrido 10 años desde que Perseo (Sam Worthtington) acabó con el Kraken y reconoció que ser semi dios era un destino. Ahora con Helio, su hijo, debe conciliar en el conflicto de los dioses del Olimpo, pues Zeus (Liam Neeson) está en peligro, victima de las componendas de Hades (Ralph Fiennes).
En la trama, los dioses están débiles por la falta de fe de la humanidad y pierden el control de los titanes. Ahora Kronos padre de Zeus, Hades y Poseidón es el líder de los titanes, y llega a un acuerdo con Hades y Ares para apresar a Zeus. De esta manera, el héroe regresa a la batalla, esta vez acompañado por la reina guerrera Andrómeda (Rosamund Pike), el hijo de Poseidón, Argenor y Hefesto, un dios caído, para rescatar a su padre.
A pesar de las críticas en el 2010, Furia de Titanes demostró tener una legión de seguidores, que a pesar de manifestar que el filme no es completamente cercano al material de fuente mitológica griega, gustó por rescatar ese pedazo de literatura llevada al cine que se tenía en el olvido desde, precisamente Furia de Titanes, la versión de 1981.
La dirección de Louis Leterrier fue cuestionada, sin embargo el ritmo del filme anterior tenía elementos suficientes para entretener. Ahora, para la segunda parte, se contrata al joven realizador sudafricano Jonathan Liebesman, quien debutó con Darkness Falls, fallida pero muy lucrativa película de terror, prosiguió con la precuela de La masacre de Texas y recientemente recreó una guerra entre humanos y extraterrestres en Batalla: Los Ángeles, con cierto éxito de taquilla, mas no de crítica.
Lo cierto es que para la segunda parte hay más monstruos que deberá enfrentar y derrotar y promete dar la milla extra para no quedarse en el recuerdo de las malas secuelas de películas de acción del montón.
De hecho, los estudios Warner Bros. Planean seguir con estas historias y se preparan para la producción de la tercera parte de Furia de Titanes.
Curiosamente, el mismo protagonista, Sam Worthington, actor australiano que está haciendo un buen nombre en el cine de acción de Hollywood, con películas como Terminator: Salvation, Avatar y Al borde del abismo, reaccionó con autocrítica respecto a su papel en el filme anterior. Comentó, refiriéndose a Furia de titanes 2, que: “En este filme me he dado la oportunidad de tener un personaje y, si nos metemos en una tercera entrega, al menos Perseo tendrá un viaje y no sólo una voz que pueda ser interpretada por cualquier mediocre. Eso es lo bueno que tiene el hacer secuelas, que puedes tener más control".

Filmar en Panamá, una locura


Rainer Tuñón
¿Qué tienen en común un lienzo de Jockson Pollock valorado en 140 millones, un espectacular asalto a un carro blindado debajo del puente de la 3 de Noviembre con muertos y heridos a plena luz de día, y una efectiva operación de contrabando de millones de dólares falsos hacia la ciudad de Nueva Orleans? Los tres elementos tienen como escenario a la ciudad de Panamá, pero vista desde la cámara del realizador Baltasar Kormákur y su editora Elísabet Ronalds para el remake de su popular cinta nórdica Reykjavík-Rotterdam, ahora titulada Contrabando.
Hay que reconocer que por primera vez, Panamá como sitio de locaciones cinematográficas, es utilizada como pieza clave digna de una historia de ficción bien contada y lo suficientemente atractiva para que el público se dé cuenta de que el país tiene madera suficiente para convertirse en un extraordinario lugar para hacer cine de primer nivel.
En el pasado, hubo ciertas referencias cinematográficas. Tal es el caso de un filme de John Huston titulado Across the Pacific, con Humphrey Bogart como el capitán Briggs que deberá abordar el barco japonés Genoa Mary para ir a china a través del Canal de Panamá; el filme Riff Raff, de 1947; la utilización del Canal de Panamá para una de las ediciones de Cupido Motorizado, el filme de acción Sniper con Tom Berenguer; una mención del personaje de Dominc Toretto escondiéndose en Panamá para la cuarta parta de Rápido y Furioso, y claro está, las conocidas El Sastre de Panamá (parodia de mal gusto de John Boorman) y Quantum of Solace (ingrata película Bond porque nos convirtieron en Bolivia, Haití y cualquier otro sitio en vez de usarnos apropiadamente para contar las aventuras del agente británico).
Ahora, en Contrabando, el país está al servicio de la historia y lo enriquece para darle mayor veracidad a la travesía de un retirado maestro del contrabando que debe regresar al negocio para saldar una deuda de su cuñado, que metido en un tráfico de drogas para un matón de poca monta, deberá pagar con su vida la mala decisión tomada. Así, el protagonista, Mark Walhberg, quien también produce la película, deberá trasladarse en barco desde Nueva Orleans hacia Panamá y regresar con un cargamento de dinero falso que permita saldar la cuenta del hermano de su esposa.
Por supuesto que las cosas se complican y las situaciones lo llevan a asociarse con un pequeño capo panameño (Diego Luna) que, en un último trabajo, lo invita al atraco de un camión blindado para llevarse un paquete importante.
El ritmo que toma el filme y la técnica empelada, que incluye un manejo veraz de fotografía a cargo de Barry Aycroyd, impecable con sus trabajos para la ganadora del Oscar Zona de Miedo y la extraordinaria Vuelo 93, hacen de Contrabando un competente thriller de acción con buenas actuaciones de Ben Foster y Geovanni Ribisi.
Lo interesante es que el propio Walhberg, en una entrevista realizada para el portal www.globaladdicts.com se refirió al hecho de filmar tanto en Nueva Orleans como en Panamá como: una locura.
Al final, esa locura de filmar en Panamá le aportó valor agregado a las escenas más complicadas de acción y de igual manera recreó al país dentro del contexto de la historia contada.

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